¿Por qué hago ejercicio en casa?

Como ya algunos sabrán, cuando yo comencé con esto del cambio de hábitos, la cosa era yo con yo y un computador. De forma intensa leía y leía sobre este asunto y, poco a poco, fui descubriendo información y gente que me llamaban la atención. Me la pasaba estudiando un montón sobre muchas cosas, y algunas de ellas, las iba intentando aplicar en mi vida diaria…y en la de algunos familiares que se dejaban, jejeje.

El comienzo fue por la alimentación. Creo que somos muchos los que comenzamos por ahí. Y tiene sentido, es algo con lo que estamos en contacto todos los días, varias veces al día. Ahí me concentré por un largo rato, hasta que, poco a poco, comenzaron a «hacerme ruido» otras cosas. Una de ellas, el ejercicio. De pronto, entendí que moverse era parte importante de estar sano.

Claro que comer bien ayuda un montón, pero no es donde se puede descargar toda la responsabilidad del bienestar. Frases como “estamos diseñados para movernos”, cada vez me daban más vueltas en la cabeza, así que, también puse manos a la obra, o mejor, al teclado, por ese lado del ejercicio. Lo que comencé a encontrar solamente reforzaba lo que ya me venía sospechando, que no podía tomar jugos verdes y estar sentada todo el día, “tenía que”, realmente “tenía que”, comenzar a moverme.

La historia

Aquí aprovecho para contarles un poco sobre mi vida de niña activa. Desde siempre (al menos así lo registra mi cabeza), estuve en natación, al principio me gustaba mucho, pero a medida que fui creciendo los entrenamientos se hicieron muy intensos, me consumían muchas horas del día y el asunto, dejó de ser tan chévere. Además (ya que ando en confesiones), ni siquiera era tan buena; el esfuerzo era mucho para lo que realmente terminaba pasando en las competencias. Sin embargo, me obligaban a ir. Era un compromiso adquirido, algo que ya llevaba varios años haciendo y, sencillamente, no se podía dejar porque yo quisiera. Ya saben, era esa época donde, la mayoría de las veces, todavía eran los papás los que mandaban sobre los hijos.

Además de la nadada, también hacía Taekwondo, ese me gustaba mucho más, pero al final del día, cuando llegaba la hora de practicarlo, ya estaba cansada, había ido al colegio, había hecho tareas, había tenido un intenso entrenamiento de natación y tenía que rematar el día con una interminable hora de artes marciales. Todo esto de lunes a viernes y así fue como entre mis 7 y 12 años.

Por supuesto, cuando llegó la adolescencia el cansancio gritó desesperadamente y apoyándome en la rebeldía de la edad, mandé todo para el carajo…Bueno, la verdad no fue tan así, en ese entonces y a esa edad, era demasiado niña buena para decir o hacer una grosería. El asunto es que logré que en casa me dejaran parar con tanta actividad. Al cansancio del ejercicio obligado, se le sumó que yo ya tenía claro lo que quería hacer en la vida: bailar. Esa era la única actividad física que realmente me llenaba, a la que no me daba pereza ir, de la que sí quería que fuera todos los días, a la que, ¿por qué no?, me habría gustado dedicar la vida entera. Desafortunadamente, la academia de danza cerró y como vivía en un pueblo sin muchos recursos artísticos, el sueño de bailar se fue desbaratando poco a poco, y también cualquier minúsculo asomo de espíritu deportivo que quedara en mi interior.

Así fue, que desde mis últimos años de colegio y hasta que decidí revolcarlo todo con una vida más saludable, el único músculo que me preocupaba por entrenar era el cerebro, lo demás, no me interesaba. Es cierto que tuve meses con intentos de cumplir propósitos de año nuevo del estilo “este año si vuelvo a hacer ejercicio”, pero nada duraba. A la hora de la hora, terminaban ganando el “no tengo tiempo” y la comodidad de la silla frente al televisor o el computador.

La actualidad

Hasta que hace un par de años, llegando de nuevo, a la realidad de una mujer adulta que quería lo mejor para su salud, tenía que resolver una pregunta: ¿cómo hacer ejercicio?, ¿cómo no verlo como una obligación sino como una necesidad y un gusto? Lo primero en mi cabeza racional fue investigar, enterarme de todos los beneficios que la actividad física le podía traer a mi cuerpo. Esto fueron algunas (de verdad que son sólo algunas porque la lista puede ser gigante) de las cosas que encontré:

  • Mejora la calidad del sueño
  • Retrasa la pérdida de fuerza y masa muscular
  • Mejoran los procesos metabólicos del hígado
  • Ayuda al equilibrio de los niveles hormonales y de la química orgánica en general
  • Aumentan los niveles de energía (sí, aunque al principio parezca todo lo contrario)
  • Mejora la función inmune
  • Reduce la presión sanguínea y la rigidez arterial
  • Contribuye en la estabilización de prácticamente todas las analíticas sanguíneas
  • Mejora el tránsito digestivo
  • Reduce considerablemente el riesgo de enfermedades como hipertensión, diabetes, colesterol alto, osteoporosis…

Después de llenar la cabeza de datos, venía la parte más difícil, comenzar con una práctica. Hay que decir, que en ese momento mi vida era un constante mientrastanto, ayer vivía en un lugar, hoy estaba en otro y mañana quién sabe. Eso significaba que inscribirme a un gimnasio, o a algún tipo de programa de actividad física, sencillamente, no era una opción.

Como nada es coincidencia en esta vida, de pronto un día cualquiera del año 2014, brincó en mi Facebook una página que me agarró y hoy, varios años después, todavía no me suelta. Se trataba de una entrenadora personal en casa. Ella hace su trabajo a través de video rutinas y lo que más me gustó es que tiene un montón de videos gratuitos, muchos de cortiquísima duración. Eso era perfecto para alguien que, como yo, parecía tenerle miedo, rechazo, pereza, y que se yo cuántas cosas más a la actividad física. Además, la mujer al otro lado de la pantalla, tenía un temperamento muy desparpajado, que a mi logró motivarme, era una persona real, haciendo cosas para gente de carne y hueso.

Por ahí comencé, dejándome acompañar de Sisy Garza para hacer rutinas diarias de 5, 7, 8 minutos y repitiéndome a mí misma que eso era mejor que nada. En menos de un mes, ya aguantaba y quería más, así que comencé a complementar las rutinas con una bicicleta estática que había en casa, más adelante, también nadaba un poquitín (sí volví al agua, pero esta vez con gusto y a mi ritmo) y entonces, sin darme cuenta, la sensación de bienestar era tal que el ejercicio, al menos 4 veces a la semana, ya era un hábito instaurado.

Cualquier lugar es bueno para activarse
Y ahí estoy yo, aprovechando cualquier rincón de la casa para volverme más fortachona y feliz 🙂

La crisis

Pero la cosa no paró ahí, se vino ese cambio de vida del que les he hablado tantas veces, y el ánimo se fue para el piso. Otro país, otro idioma que no sabía, otra vida…pfff. Me di unos días para sentirme mal y luego, reburujé en mi cabeza a ver cómo podía hacerle para salir de ahí. ¿La respuesta? Necesitaba urgentemente estimular la producción de serotonina y endorfinas, las llamadas «hormonas de la felicidad». ¿Quieren adivinar cuál es la forma más fácil y rápida de hacerlo? Si me leen con frecuencia seguro que ya saben la respuesta, si no, es justo eso que se están imaginando: poner a mover el esqueleto.

De nuevo las rutinas de Sisy (a quien para entonces ya le había comprado prácticamente todos sus programas, jejejeje) me echaron la mano. Con la tristeza aún un poco a cuestas, podía activarme mientras estaba en pijama, podía parar el video las veces que fuera necesario mientras recuperaba el aliento (o lloraba un poquito), y podía hacer tanto o tan poco como yo quisiera. Me estaba moviendo y me sentía viva, sin tener que enfrentarme a ese nuevo mundo al que todavía no quería salir. ¡Gracias por eso Sisy Garza!

La búsqueda

Por supuesto, las cosas fueron mejorando, no me cansaré de repetir que no se que hubiera sido de mí en ese momento sin unos buenos hábitos. Con más luz en mi vida, comencé a experimentar con otras cosas, lo primero fue salir a trotar, rápidamente descubrí que eso no es para mí, no lograba aguantar ni siquiera 1 km. sin dejar la lengua y el corazón en cada respiro, y una de mis rodillas daba gritos de inconformidad. Intenté entonces caminar y eso me gustó más, pero no como para hacerlo todos los días.

Más adelante y a medida que me integraba un poco más en la ciudad, probé con otras cosas como zumba y yoga. El zumba lo ví como algo nostálgico, que me iba a acercar a mi mundo latino que sentía tan lejos, pero tengo que decir que no fue lo que esperaba, al menos no para mí, al menos no el que yo intenté. El yoga en cambio me encantó, y lo mejor de todo, es que gracias a la medio condición que ya traía mi cuerpo, por los entrenamientos en casa (que nunca abandoné mientras probaba las otras cosas), no sufrí tanto las primeras veces; se convirtió entonces en otra posibilidad de disfrutar el movimiento. Pero eso sí, sigo asegurando que no cambio por nada el poder entrenar en pijama 😉

Tras varias pruebas y errores, y no tan errores, me aseguré de que entrenar en casa es lo mío, porque no importa si tengo 10 minutos o 2 horas, yo lo acomodo como me viene bien; porque no importa si afuera hace mucho frío o mucho calor, yo igual estoy adentro, cómoda y activa; porque no importa si no tengo dinero para comprar ropa deportiva, la pijama o los trapos más viejos funcionan a la perfección; porque no importa si no puedo seguir el paso o me canso antes de tiempo, existe la opción de ponerle pausa al video; porque la competencia es conmigo misma, porque nadie me juzga y no juzgo a nadie, porque me siento libre en mi espacio…y por veinte mil razones más que podría seguir enumerando…¿Ya les dije que me encanta hacer ejercicio en pijama?…

La conclusión

A lo que quiero llegar con todo esto, es que no se trata solamente de saber que el ejercicio es importante y necesario. Tampoco se trata de pasar horas enteras en un gimnasio para sentir que nos estamos activando. A veces, es importante probar y probar y volver a probar, hasta encontrar esa actividad que nos llena, que no nos da pereza y que se instala facilito en nuestra vida diaria.

Para muchas personas, esa emoción sí está en un gimnasio, para otras, está en los deportes extremos, habrá a quienes se les llene el alma mientras meditan trotando, y ni que decir de los que aman descubrir el mundo sobre una bicicleta. Las posibilidades que nos da el cuerpo para ejercitarlo son inmensas, sólo hay que tener las ganas de querer encontrar la que se nos ajusta a nuestros gustos, necesidades y circunstancias.

Y les puedo asegurar una cosa, cuando la encuentren, sin importar a dónde vayan, su cuerpo y las ganas de moverse cómo más les gusta, van a estar ahí, dispuestos a echarles una mano y sacarlos hasta del hoyo más profundo. Claro, siempre y cuando quieran dejarse sacar de ahí, porque al fin y al cabo todo es cuestión de elección

2 comentarios en “¿Por qué hago ejercicio en casa?”

  1. Buenas

    Esta genial tu articulo y hay cuantiosas cosas que no sabía que me has aclarado, esta
    maravilloso.. te quería agradecer el periodo que
    dedicaste, con unas infinitas gracias, por preparar a gente como yo jajaja.

    Besos, saludos

Deja un comentario

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies