HAMBRE

Lo que creía

Por mucho tiempo creí que tenía que tenerle miedo al hambre. Eso fue lo que me enseñaron. Me enseñaron también, que había que tratar de disminuirla, olvidarla, suprimirla y evitarla a toda costa.

Ser una persona a la que le daba mucha hambre era algo así como estar enferma o en pecado. Incluso el lenguaje ayudaba a reforzarlo, se hablaba de «sufrir de hambre». Como si fuera algo terrible y hasta moralmente reprochable. Todo el tiempo tenía la sensación de que estaba haciendo algo mal. Creía que era mi culpa y que tenía que encontrar la manera de solucionarlo. Si me encontraba en público y sentía hambre, la mejor opción era negarla. En mi cabeza aceptarla habría sido darle la razón a los que siempre me vieron mal y me juzgaron de forma acusatoria por mi gordura…incluida yo misma.

Con tantos años de dieta me volví una experta para evadir y despistar el hambre. Cada vez que lo lograba “exitosamente”, me sentía orgullosa de mi. Me daba una palmadita en el ego, asegurándome que estaba haciendo lo correcto. Incluso sentía que, ahora sí y por fin, me iba a encarrilar por el camino del «buen comer». Ese que se supone debe ser lleno de restricciones para lograr encajar tanto física como socialmente. Por supuesto, también recurrí a pastillas y menjurges que prometían ser milagrosos, para tratar de acallarla.

Lo que ahora sé

¡Pobre cuerpo mío! Tuvo que pasar por muchas cosas para que, apenas ahora, yo venga a entender y reconocer el hambre como lo que es realmente: una respuesta fisiológica del cuerpo. Tan necesaria y útil como la sed, la fiebre o las ganas de ir al baño.

¿Acaso cuando me dan ganas de ir al baño busco la manera de evadirlo, evitarlo, distraerlo? Si bien es cierto que a veces hay circunstancias que me piden demorar la cosa, al final de cuentas llega un momento en que el cuerpo no da más y tiene que cumplir con su misión. Cuando eso pasa, se siente alivio y descanso.

Es más, tan atentos estamos a esa señal que cuando no llega en mucho tiempo nos sentimos enfermos y preocupados. Lo mismo pasa cuando llega con mucha frecuencia. Es decir, que como cualquier otra señal corporal, la usamos como una forma de estar alertas al bien y adecuado funcionamiento de nuestro cuerpo.

Imagen de Jay Wennington. Tomada de unsplash.com

Con el hambre pasa exactamente lo mismo. Se trata de una manifestación de ciertos químicos corporales. Nos advierte que necesitamos alimento para poder obtener la energía necesaria para que el cuerpo pueda cumplir con sus funciones.

Sin embargo, en este mundo de dietas y creencias locas, nos la mostraron como la malvada. La culpable de que subiéramos de peso y no pudiéramos cumplir con los estándares establecidos de belleza de una sociedad enferma y obsesionada por la delgadez.

Más allá del cuerpo

Nos enseñaron a repeler y temer al hambre y con ella, a buena parte de nuestras emociones alrededor del alimento. Al hambre y a la comida, nos las mostraron como un demonio que nos daña y del que tenemos que escondernos. En cambio, no nos enseñaron a disfrutar el placer que viene con el alimento, a parar cuando nos sentimos llenos, a identificar los alimentos que nos gustan y nos hacen bien, a entender la diferencia entre llenura y saciedad…

Tenerle miedo al hambre es tenerle miedo a estar conectados con nuestro cuerpo y con nosotros mismos. Una conexión, que sin darnos cuenta, vamos debilitando y perdiendo con el paso del tiempo.

Sentir hambre significa que estamos vivos y que nuestro cuerpo funciona correctamente. Y si somos lo suficientemente curiosos por conocernos a nosotros mismos, podremos incluso reconocer de qué tipo de hambre nos habla nuestro organismo cuando manda su señal.

Aceptar y acoger nuestra hambre es honrarnos a nosotros mismos, a nuestro cuerpo y nuestras emociones. El chiste está, en poder responder a esa señal saciándonos con alimentos que nos nutren, a la vez que contienen amor y nos dan placer. Reconocer el hambre sin culpa y sin frustración es un acto liberador. Uno que abre las puertas al maravilloso mundo del auto conocimiento y la conexión con nosotros mismos.

Si alguien te vuelve a decir que te tiene la fórmula mágica para que no te vuelva a dar hambre, sal corriendo de ahí. Y la próxima vez que sientas hambre, siéntete feliz de tener un cuerpo en funcionamiento y pregúntale, qué necesita para alimentarse 😉

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