La clave de la salud

Con los años y con muchas horas de investigación, experimentación y estudios, he descubierto que ayunar periódicamente, tener una dieta rica en vegetales crudos, hacer ejercicio y dedicar muchas horas a hacer lo que nos hace felices, son algunas de las claves para tener una vida saludable y plena.

Algunas, porque la más importante, la sacerdotisa universal de todas las claves, es una para la que dependemos completamente de nuestros padres. Antes de decirles cuál es, quiero mostrarles un panorama que pocos conocen.

Uno de los mitos más problemáticos de nuestra era es que el Sistema Médico de Estados Unidos es el mejor sistema de salud del mundo.

En Colombia se implementan con fidelidad reverencial las recomendaciones del NIH (National Institute of Health), de la FDA (Food and Drug Administration) y de los CDC (Center for Disease Control).

Siempre es un error seguir indiscriminadamente el ejemplo y la senda que otros han creado para nosotros, pero en la esfera de la salud es un error garrafal.

Especialmente porque el ejemplo que se está siguiendo es el de un país en el que actualmente más de la mitad de sus niños padece una enfermedad crónica.

Leyeron bien: más de la mitad.

En EE.UU., cada 2 minutos se diagnostica un caso de autismo, cada 20 segundos uno de discapacidad del desarrollo y cada 7 segundos uno de enfermedades crónicas. Y estás estadísticas son según datos publicados por el CDC para 2008. Hoy les garantizo que los niveles de enfermedad son mucho más opresivos.

Nadie en su sana mente asociaría estos resultados con el mejor sistema de salud del mundo.

El problema es que, aunque estos son datos oficiales del gobierno americano y están disponibles para cualquiera que quiera consultarlos, pareciera que la curiosidad individual se está extinguiendo, o que son pocos los que tienen el tiempo y el interés por corroborar las historias oficiales y analizar la evidencia que el gobierno presenta para respaldarlas.

Pero, independientemente de que se conozcan o no masivamente estas estadísticas, lo cierto es que algo muy grave está pasando en Estados Unidos.

Si no queremos replicar estas devastadoras epidemias en Colombia tenemos que escudriñar la evidencia, investigar incansablemente y analizar con la mente muy abierta lo que nuestros ojos sean capaces de divisar.

La pregunta obligada es: ¿Qué estará causando estos estrepitosos niveles de enfermedad?

¿Será que los dioses nos han mandado una versión mejorada de las 7 plagas de Egipto? ¿Será que nuestros genes se enloquecieron? ¿O será que la naturaleza nos está mostrando los resultados de intervenir mecánica y compulsivamente nuestros cuerpos, en nombre de “los avances médicos y la ciencia”?.

Yo llevo unos 10 años estudiando al gremio de la medicina alopática (la tradicional, la que reconocemos como científica y verdadera) como cuerpo social y científico y como figuras de autoridad. También he analizado los fundamentos de su ciencia y la filosofía en la que se apoyan. He estudiado sus relaciones con el gobierno, sus prácticas académicas y sus alianzas con la industria farmacéutica. Estos estudios y algunas dolorosas experiencias de vida me han llevado a desconfiar en gran medida de lo que se predica como cierto en esta esfera del conocimiento.

Yo tengo una enfermedad renal muy complicada, una enfermedad que ningún médico me pudo explicar más allá de un: “Carolina, así es la vida y esto te tocó a ti”. Como la mala suerte nunca me convenció como explicación, y mucho menos científica, decidí investigar por mi cuenta qué le había pasado a mis riñones.

En el fondo de mi alma siempre supe cuál era la causa de mi problema, porque a las pocas semanas de la última dosis yo estaba internada en el hospital, hinchada de la cabeza a los pies y sintiendo que me moría. Me recuperé de la crisis pero ahí empezó mi calvario renal.

Empecé a enfermarme y empecé a investigar. Aprendí sobre nutrición, cambié de dieta y de hábitos de vida y empecé a recuperarme. Seguí investigando y rechazando los tratamientos médicos tradicionales que me ofrecían, porque no había evidencia que los respaldara más allá de la costumbre, pero sus efectos secundarios sí eran una certeza.

Cada vez era más claro para mi que yo tenía un problema autoinmune. Lo que no terminaba de entender era la razón por la que mi organismo había decidido atacar a mis riñones. ¿Qué podía desencadenar una reacción así? No tiene sentido que de un momento para otro el cuerpo decida que es su propio enemigo y que debe protegerse de sí mismo. Algo tenía que ser el detonante. ¿Pero qué?

Después de dar muchas vueltas, de leer e indagar en insospechados rincones y de esforzarme por mantener mi mente muy abierta encontré la razón: la Vacuna del Virus del Papiloma Humano. Bueno, no sólo esa, todas las vacunas que me habían puesto habían contribuido a debilitarme. La del VPH fue la estocada final.

Increíble, ¿cierto?

Vacuna África

Todos sabemos que las vacunas son la varita mágica maravillosa que nos protege de las horribles enfermedades que la naturaleza nos manda porque nos odia y quiere acabar con nosotros. Todos sabemos que las vacunas son uno de nuestros mayores logros científicos, patrimonio de la Humanidad. ¿No es así?

¿Será que no es así?

He leído y analizado detenidamente decenas de artículos científicos y libros, he visto documentales, he visto presentaciones y conferencias relacionadas y he estudiado la información que se presenta en algunas de las páginas web que se conocen como anti-vacunas.

Lo que he descubierto es aterrador. Absolutamente aterrador.

Pero por lo mismo, me parece fundamental que las personas se den cuenta de que es un asunto al que tienen que ponerle atención, que hay muchas cosas en juego y que es importantísimo que cada quién se ponga en la tarea de investigar por su cuenta.

Aunque cada vez se habla más sobre el tema en los medios de comunicación, solamente se publican artículos que pregonan las bondades y ventajas de las vacunas, mientras se afirma que hay un brazo oscuro, un movimiento anti-vacunas que es una amenaza para el bienestar social. No es una controversia lo que está teniendo lugar sino una campaña de intimidación en la que se propaga la idea de que los padres que no quieren vacunar a sus hijos son una amenaza porque los niños que no están vacunados son los que ponen en riesgo a los que sí están vacunados.

Por donde se mire, esta afirmación no tiene pies ni cabeza.

Si las vacunas son seguras y efectivas, como dicen las autoridades, ¿qué puede temer un niño que está vacunado? Se supone que la vacuna lo protege de la enfermedad. Entonces, ¿cuál es el riesgo?

Por el otro lado, pretender que los que no están vacunados son un riesgo, como si engendraran los virus en su estómago o algo así, es absurdo. Los virus y enfermedades se propagan por el aire, el agua o el contacto con los fluidos corporales, no se engendran en las personas que no están vacunadas.

De hecho, los niños y adultos vacunados sí presentan un riesgo para los demás, como lo dice expresamente la información proveída por diversos laboratorios fabricantes de vacunas (disponible aquí), porque las vacunas contienen formas modificadas de los virus que supuestamente ayudan a prevenir. Muchas veces los vacunados desarrollan formas más agresivas y complejas de la enfermedad contra la que se estaban inoculando.

Sé que es un tema controversial, espinoso a más no poder y muy difícil de abordar. Especialmente porque todos estamos vacunados y eso parece ser suficiente para poner a las personas a la defensiva.

Decir que las vacunas son peligrosas es LA HEREJÍA del momento. Para la inmensa mayoría, alertar sobre sus incalculables riesgos equivale a una declaración de locura. Pero la evidencia al respecto es clara, inequívoca, contundente y acumulativa.

No sólo son peligrosas: explican en gran medida los escalofriantes niveles de enfermedad en los que estamos sumergidos.

Es cierto que no es la única fuente de toxicidad a la que estamos expuestos porque hoy es muy difícil encontrar y crear un ambiente saludable para desenvolverse. Por ejemplo, la comida, la tierra, el aire y el agua están drásticamente contaminados. Pero inyectar en el cuerpo de un recién nacido potentes dosis de aluminio, formaldehído, mercurio, tejido fetal abortado, virus renales de micos enfermos, glutamato monosódico, latex y sulfato de amonio —entre muchas otras sustancias— es una forma siniestra de recibirlo en este mundo.

Lo crean o no, lo quieran saber o no, la verdad es que las vacunas generan enfermedades permanentes. Algunas son solapadas. Algunas son fulminantes.

Las solapadas pueden tardar décadas en manifestarse, pero que no sean evidentes inmediatamente no significa que no existan o que no estén haciendo de las suyas al interior del organismo. Las fulminantes… la palabra lo dice todo.

Otro cosa que quiero que tengan en cuenta: la inmensa mayoría de estudios médicos que “respaldan” las vacunas y medicamentos se fundamentan en modelos estadísticos complejos. En las Facultades de Medicina no enseñan ni cálculos ni estadística. Sin eso es imposible entender los resultados de los estudios.

Yo como economista he trabajado durante años con bases de datos. Sé que con las cifras se puede jugar al antojo del que las está manipulando. Para descubrir estas inconsistencias uno tiene que tener un compromiso compulsivo con la verdad, además del conocimiento indispensable para poder hacerlo. Eso plantea un reto muy grande para los especialistas.

Con todo el respeto que se merecen los buenos médicos, estoy convencida de que hoy es imposible confiar en su criterio, porque aunque tengan buenas intenciones no tienen las herramientas para entender los fundamentos de los estudios que respaldan su “ciencia” en cuanto a vacunas y medicamentos.

Vacunar o no vacunar, intervenir o no el cuerpo, es la decisión más importante que tienen que tomar los padres de este mundo.

Aunque el poder de sanar que tenemos los humanos es increíble y aunque el poder de la mente es ilimitado, el daño que pueden generar las vacunas es tal que sin importar la dieta, sin importar cuántas desintoxicaciones se hagan, sin importar qué tan eficientes y apropiados sean los quelantes que se usen, hay daños que en muchos casos serán irreversibles.

El calendario de vacunación se ha incrementado en 1380% desde 1960 y 287.5% desde 1983, lo que quiere decir que en 1960 ponían 5 vacunas y hoy más de 69.

En 1983 la tasa de autismo era de 1 en 10.000, en 2010 estaba en 1 en 100 y este año está en 1 en 50.

En 2014 se diagnosticaron, solamente en Estados Unidos, 1.082.353 casos de autismo, que es un eufemismo para daño cerebral. Se estima que para el 2025, el 50% de los niños tendrá alguna forma de daño cerebral.

Yo sé que no es una coincidencia. He invertido muchas horas y muchas lágrimas desentrañando tejemanejes, manipulaciones y falsedades. Pero he encontrado la verdad.

Desafortunadamente, es una tarea que cada quién tiene que hacer por su cuenta. No podemos pensar con el cerebro de los demás.

Este es un tema vital y necesitamos que toda la gente pensante que todavía es capaz de emitir un juicio independiente lo conozca.

El futuro de la Humanidad y el de ustedes mismos, están en juego.

Les dejo el link con mis artículos, para los que quieran empezar a investigar.

http://lapapeleta.com/articulos/vacunas

________________________________________________________________________________

Carolina ContrerasCarolina Contreras es escritora e investigadora, economista e historiadora. Escribe colecciones de literatura para ellibrototal.com y tiene Lapapeleta.com, un blog para espíritus independientes. Lapapeleta.com es su forma de borrar los límites y de ofrecerle a los demás sus ganas desaforadas de explorar, encontrar, saber y arder con la verdad.

Pueden seguirla en Facebook

Deja un comentario