Mi marido no me ayuda en casa

Antes de comenzar, quiero contarte que este tema, contrario a lo que se pueda pensar, tiene mucho que ver con la vida saludable.  Es normal que estemos acostumbrados a ver nuestro bienestar como un conjunto de acciones físicas a realizar. Comer bien, dormir bien, hacer ejercicio, etc. El asunto es que nada de eso está completo sin la parte más importante: nuestras emociones.

Cómo te sientes, cuáles son tus emociones, cómo las manejas, qué te gusta y qué te disgusta de tu vida, todo eso tiene que ver con ser o no saludable. Nuestro bienestar también debe tratarse de estar tranquilos y ser felices. Y por supuesto, algo bien importante de todo ese conjunto, es aceptar que tenemos la responsabilidad y la posibilidad de proveernos a nosotros mismos esa tranquilidad y esa felicidad.

Nunca va a estar dicho muchas veces

Ahora sí, vamos al tema que nos interesa: la ayuda de los hombres en los oficios de la casa.

Es cierto, que sobre esto ya hay mucho escrito. Sobre todo, en blogs relacionados con crianza y maternidad. Ahí nos cuentan que el trabajo que demanda criar un hijo no es responsabilidad exclusiva de la madre. Es algo que atañe a los dos papás. Por lo tanto, no se puede esperar que el papá “ayude” con algo que es también su obligación. La responsabilidad y las obligaciones y acciones que eso trae consigo, son (como debe ser) totalmente compartidas.

Las responsabilidades compartidas, es algo que debemos tener en cuenta en un hogar con o sin hijos (como es mi caso). Que el amorcito y yo hagamos juntos las labores de la casa, no significa que él me ayude. Las labores domésticas no son solamente mi responsabilidad. El hecho de que sea mujer, o de que pasé más tiempo en casa, no significa que esas tareas sean mi obligación. Los dos vivimos en casa, por lo tanto, es NUESTRA responsabilidad. Así en mayúscula y plural.

Además, que esté más tiempo en casa, no significa que no trabaje. En mi caso, significa que trabajo desde casa. Trabajar en pijama y disfrutar profundamente de lo que hago, no significa trabajar menos. Sólo significa hacerlo de otra manera. Tal vez sea una manera no tan convencional (aunque cada vez somos más). Pero es un trabajo que también acarrea responsabilidades, fechas límites, reuniones, obligaciones y compromisos por honrar. Igual que cualquier otro.

Todo tiene su proceso

Ahora puedo decir, que en esta casa los dos hacemos de todo por igual. Pero también es importante contar, que no siempre fue así. Cuando el amorcito y yo comenzamos nuestra vida juntos, entendimos que los dos habíamos tenido una crianza tradicional. Eso significaba, que yo sabía hacer a la perfección todas las labores del hogar, en cambio, él no tanto. Yo había sido educada como “se supone” que debe ser educada una mujer, al menos en América Latina. Por su lado, él había sido educado como “se supone” que debe ser educado un hombre.

La ventaja en nuestra relación, es que a pesar de los muchos supuestos sociales que nos rodean, los dos somos rebeldes. Al menos eso es lo que nos dicen constantemente quienes nos rodean. Y a mí me gusta pensar que así es.

Las implicaciones de esa rebeldía, fue que no nos conformamos con lo que traíamos y estuvimos abiertos a explorar nuevas posibilidades. Quizás habría sido mucho más fácil que yo renegara a diario porque él “no me ayudaba”. Me pude haber dedicado a pensar cosas como: “es que así son los hombres”, “es que ellos no traen ese chip”, “es que no tienen iniciativa”. Quizás también habría sido más fácil si él pensara que no le correspondía “ayudar” con las labores de orden y limpieza de la casa. Sin embargo (y afortunadamente), parte de ser rebelde es no conformarse.

Imagen de Filip Mroz. Tomada de unsplash.com

Aprovechar las oportunidades

En este punto tengo que expresar mi felicidad por vivir con un hombre feminista. Un hombre que no tiene problema al expresar su lado femenino. Que no le asusta ser sensible (gracias por eso querida suegra). Que no le molesta no ser un “macho”. Y que no cree que soy menos mujer porque expreso libremente mi lado masculino. Pero sobre todo, es un hombre que me ve como una igual con quien comparte su vida. Por todas esas cosas, él estuvo abierto a aprender y yo estuve dispuesta a enseñar. A medida que transcurría nuestra vida juntos, los dos fuimos aprendiendo.

Por supuesto que no todo fue color de rosa. En ese periodo de enseñanza-aprendizaje, que aún continúa en muchos aspectos de la vida, tuvimos momentos de desespero y frustración. Pero no desistimos y no abandonamos. Porque se trataba de algo en lo que los dos creíamos. Hablar desde el amor siempre fue la clave.

Gracias a eso, cuando la vida ha querido ponernos en situaciones “diferentes”, no ha sido un problema asumirlas. Cuando nos fuimos a estudiar mi doctorado, él renunció a su trabajo por venirse conmigo, y durante un tiempo se dedicó por completo a las labores del hogar. Sí, a pesar de lo absurdo que les pareció a muchos y muchas a nuestro alrededor. Después se dio cuenta que le gustaría contar con ayuda en ciertos aspectos. Cuando lo hablamos, entendimos que yo no estaba apta para ayudarlo en ese momento. El mundo no se acabó por eso, buscamos ayuda externa y lo pudimos solucionar.

Unos años después la tortilla dio la vuelta. Yo renuncié a todo por acompañarlo en una oportunidad laboral. Por supuesto, esta vez nadie dijo nada, la situación les pareció a todos de lo más normal. Lo que nadie se esperaba (aunque él y yo ya lo sabíamos), era que yo no llegara a “ocuparme de la casa”. ¿Por qué no lo hice? Las razones fueron muy simples. Primero, porque no lo consideré mi obligación, y segundo y más importante, porque no me gusta. Así es, a pesar de mi educación tradicional y de saber cómo se hacen todos los oficios de la casa, no-me-gusta-hacerlos.

Entonces, tampoco tuvimos problema. De nuevo lo hablamos y entendimos que era necesario estar otra vez abiertos a aprender. Sobre todo yo. Como no tenemos los medios para tener ayuda como nos gustaría, aprendimos a organizarnos con las habilidades y deficiencias que ya sabemos que tenemos. Aprendimos a utilizarlas respetando nuestros gustos, nuestros espacios y nuestros tiempos. Y aunque muchas cosas no me gustan, aprendí que no se trata de no hacer nada. Se trata de que las dos partes lo hagan con gusto, o al menos no sintiendo que es por obligación.

Es mi elección

La enseñanza de todo esto es que yo decido como abordo la situación. Puedo quedarme en ese sitio común, que se supone que nos corresponde a las mujeres. Ese donde nos quejamos de nuestros maridos y nuestros hijos (las que tienen) porque no nos “ayudan” en la casa. Ese en el que la vida no nos alcanza. Y donde debemos renunciar a mucho de lo que nos gusta para lograr cumplir con todo. Ese donde continúo replicando lo aprendido generación tras generación. Ooooooo, puedo decidir moverme de ahí amorosamente y emprender acciones para que funcionen las actividades compartidas.

Es cierto que para que eso pase se necesita que las dos partes quieran hacerlo. Es cierto que es importante que el hombre que está a nuestro lado esté abierto a re-aprender sobre las bases de su educación tradicional. Me gusta pensar, que los grandes hombres están dispuestos a hacerlo, incluso y a sabiendas que eso puede no ser una tarea fácil.

También hay que saber, que puede que el proceso no sea fácil. Tal vez las acciones conscientes no comiencen a ocurrir de la noche a la mañana. Quizás se requiera mucho aprendizaje de parte y parte. O incluso, sea necesario tomar decisiones de esas que se ven como difíciles. Pero sólo yo puedo definir la forma en que me veo y en que quiero que me vean los demás. De mi puede llegar a depender, si mi marido me “ayuda” o si “asume sus responsabilidades” en la casa. Al fin y al cabo, todo es cuestión de elección.

7 comentarios en “Mi marido no me ayuda en casa

  1. Prima esto es totalmente cierto. Lo importante es saberlo abordar de la manera correcta y que las dos partes estén cómodos. Cuando mi mamá me vino a visitar por primera vez…le pareció “la machera” que mi esposo fuera el encargado de la lavada de ropa. Y ahora con dos hijos lo sigue haciendo porque le encanta. Por mi parte me “comprometi” o mejor casualmente me asigne la tarea de limpiar la casa- doblar ropa y acomodar… Lo disfruto ya que pongo música a todo volumen , bailo con Vico…etc o simplemente me siento a ver una peli con ellos mientras doblo ropa. Es cuestión de trabajar en equipo y quisiera que en serio…la mentalidad cambiara. Gracias !

    • Pues parece que ya comenzamos a cambiar la mentalidad. Seguramente, en el mundo ya hay algunas mujeres como nostras, y las que tienen hijos, así como tú, les están enseñando a hacer las cosas de una manera más justa y mucho más saludable. Un abrazo.

  2. ¡Hola, Ana! Suscribo al 100% cada una de tus palabras y me siento muy identificada con tu relato. A mí tampoco me gustan las labores del hogar. Afortunadamente tengo una pareja que tuvo que buscarse la vida desde muy joven y que aprendió todas las tareas necesarias para llevar una casa. Él es mejor amo de casa que yo y estamos tan felices. Él ha asumido que a mí me incómodan las labores del hogar y a él no le importa realizarlas. Por supuesto, las opiniones del entorno nos importan bastante poco y nos hemos acoplado perfectamente. Ya es hora de dejar atrás los viejos roles de género. Un abrazo.

    • Tocas un punto bien importante: las opiniones del entorno. Definitivamente, tenemos que aprender a tapar nuestros oídos para poder darle paso a la transformación desde un espacio más tranquilo y sin juicios mediados por los patrones tradicionales.

  3. Me he visto muy reflejada cuando señalas que como trabajas en casa se supone que eres la persona ideal de la pareja para asumir las tareas domésticas. En mi caso, la mayoría de cosas las hago yo, aunque cada vez dejo más para que las asuma la otra parte. Simplemente porque son tan suyas como mías. Al principio lo hacía con cierto cargo de conciencia, pero conforme pasa el tiempo lo hago con más tranquilidad. Buena reflexión 🙂

    • Te entiendo muy bien Elena, yo también tuve que trabajar mucho ese sentimiento de “culpa”, o como tu lo llamas, cargo de conciencia. Es parte de la educación que nos han dado y es normal sentirlo. Lo importante, es que logramos entender que no porque la sintamos significa que está bien. Y mejor aún, pudimos tomar acción para buscar el equilibrio 🙂

  4. Las tareas del hogar, la verdad es que no gustan a nadie, porque te hacen perder mucho tiempo. Mi marido se fue a vivir muy joven solo y la verdad es que hace las tareas de casa mejor que yo. 😉

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