¿Tienes tu vida en pausa esperando a sentirte cómoda en tu cuerpo?

Si tu respuesta a esa pregunta es un sí. Te entiendo completamente. Continuamente me repetía que cuando tuviera tal o cual peso las cosas iban a ser diferentes. Me decía a mi misma que entonces sí podría ponerme ese vestido, esa falda o ese pantalón que con otro cuerpo me estaban prohibidos. Creía que cuando alcanzara ese peso soñado (o al menos uno mínimamente cercano), iría a ese lugar al que siempre he querido ir, haría eso que siempre he querido hacer, llamaría a esa persona que siempre he querido ver sin que me diera vergüenza…podría vivir tranquila y sería feliz.

Por eso, entre otras cosas, me esforzaba tanto por alcanzar ese peso. Porque tenía la vida en pausa. Me había convencido a mi misma, que hasta no llegar a ese peso, no comenzaría a vivir.
 

Y el peso llegó (aunque no para quedarse). Con mucho sufrimiento y esfuerzo, lastimándome a mi misma física y emocionalmente, por fin logré estar donde siempre había “soñado”. Donde todos me habían dicho que debía estar. Por fin supe lo que era ir al médico sin tener miedo de un regaño, comprar ropa sin tener que prepararme emocionalmente para sentirme frustrada, o simplemente, querer encontrarme con alguien sin pensar en avergonzarme de mi aspecto.

Sin embargo, contrario a lo que había pensado y a lo que se suponía que debía sentir por haberlo logrado, la felicidad siguió esquiva. Por más que la báscula y la ropa decían que ya lo había conseguido, me miraba al espejo y seguía sintiéndome inconforme. Seguían sin gustarme esas partes de mi cuerpo que tampoco me gustaban antes. Tampoco me sentía orgullosa por haberlo logrado. Aún había desprecio y disgusto. Seguía sintiendo que aún faltaba, que no era suficiente. Y aunque parecía que ahora sí podría hacer muchas de esas cosas que tanto quería, la verdad es que seguía negándome el permiso para ser feliz, para disfrutar, para vivir.

Tuvieron que pasar el tiempo y muchas experiencias para que entendiera, que el problema no estaba en el peso o en la forma de mi cuerpo. El problema estaba en mi cabeza y en mi alma. Me habían taladrado tantas formas de odio y desprecio hacía mi misma que me sentía dañada e incompleta.

Comencé a darme cuenta, que muchas de las cosas que hacía para “cuidarme” y verme como se suponía que me debía ver, tan solo eran una forma más castigarme y hacerme daño. Restricciones alimenticias, tratamientos que incluían dolores físicos, intervenciones quirúrgicas innecesarias, aislamiento social, maltrato emocional…

Tendría que pasar por mucho para por fin comprender, que el problema no era yo. El problema era la forma en que había interiorizado lo que me habían hecho creer. Se suponía (y aún se supone aunque ya no lo creo), que tener una cierta apariencia física es parte de los requisitos de tener una vida exitosa. Gracias a las creencias que nos rodean y que nos bombardean por todas partes, creemos que solo las personas con ciertas características corporales pueden acceder a la felicidad.

Me di cuenta que esa creencia no era mía. Es un constructo social que se ha generalizado y que nos inculcan desde muy pequeños. Aprendemos a aspirar ciertas formas como si fuera lo más importante en un ser humano. Nos enseñan a desconocer nuestra esencia. Es como si fuéramos un recipiente vacío del que solo vale la pena mirar lo que tiene por fuera.

Cuando entendí eso, me di cuenta que la solución no estaba en seguir lastimándome para alcanzar algo inalcanzable. Estaba en despertar, en aceptar, en tener compasión, en reconectar. En comenzar a vivir YA, aquí y ahora, sin condiciones o sin posponerlo a futuro. La sensación de sentir que tienes derecho a vivir no va a depender de la forma o el tamaño de tu cuerpo. Sentirte cómoda en la piel que habitas es algo que puede suceder en un cuerpo de cualquier tamaño.

Aunque ha pasado un tiempo desde ese despertar, el proceso de sanación sigue en marcha. Es un camino que no siempre es fácil. Sobre todo porque pareciera que vamos contra la corriente. En especial si somos mujeres y nos negamos a cumplir ese ideal de ser bonitas y agradarle a los demás.

La verdad, es que yo decidí dejar de lastimarme y de sufrir. Decidí aprender de inclusión, aceptación y respeto. Comencé a querer entender que es la compasión. Gracias a la meditación aprendí a sentirla por mi y por los demás. Términos como amor propio y autocuidado comenzaron a tener sentido y a volverse parte de mi cotidianidad.
 
Quizás falte todavía mucho por recorrer. Tal vez sea un proceso que no termine nunca. Mientras tanto se que vivir y ser feliz no son el punto de llegada. Son parte del camino y están disponibles para mi cuando yo así lo decida.
 
No esperes a tener la forma del cuerpo o el peso con el que sueñas para sentirte más feliz y darte el permiso de “comenzar” a vivir.

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